Querido amigo José Carlos...
No sé por qué aquella tarde lluviosa de un julio santanderino no me atreví a contarte la verdad. Recordarás que estábamos bajo los soportales de aquella plaza. Ultimábamos detalles de nuestros respectivos viajes. Yo, a Sevilla de nuevo, y tú, a tu adorado Medellín.
Mientras esperábamos que el camarero con cobrara, me pediste que te escribiera y te contara como trascurría el resto del verano. Como siempre, derramé parte del café, y mientras tu secabas la mesa con las servilletas, balbuceé que no sabia si iba a tener tiempo, que el correo en agosto es un desastre y otras excusas a las que tu pusiste fin, quitando la gomilla que sujetaba tu vieja cartera de piel y escribiéndome la dirección de la universidad colombiana que te acogería aquel trimestre.
Ese hubiera sido el momento idóneo para contarte mi secreto. Un secreto, José Carlos, que me acompaña casi tres décadas y con el que he aprendido a vivir.
Yo no sé escribir.
No, no se trata de una broma. Estas líneas que suben, bajan y se retuercen una y otra vez, allá convexas y allá cóncavas, salen de mis manos, o mejor dicho de este aparato inútil que vosotros llamáis bolígrafo. Pero salen por sí misma, no por mi voluntad.
No creas que no fui al colegio. Mis padres me enviaron cuando cumplí los cuatro años. Y yo tenia una gran ilusión.
En la escuela la maestra dibujaba en la pizarra una suerte de dibujos que se encadenaban entre si y que mis compañeras coreaban, al ritmo que la maestra señalaba con el puntero de madera.
-A-SI-A A-ME-RI-CA- E-U-RO-PA…-
Pero yo no veía nada. Miraba atentamente aquella pizarra verde y todo aquello se me antojaba como un bodegón de los que colgaban en la sala de estar de mi casa. Con manzanas redondas de rabos muy tiesos, plátanos tendidos, copas de cristal verdoso y hogazas recias. Todo en fila, uno detrás de otro y enmarcados por aquellas dos líneas que, con tiza blanca, la maestra marcaba en la pizarra, para realzar si caligrafía.
No creas que no me esforzaba. Nada más lejos de mi intención. Yo ponía mis cinco sentidos en comprender porqué, cuando mi madre dibujaba en aquella pequeña libreta amarilla, una manzana, un aeroplano, dos culebrillas, un plátano y dos peras, mi padre le dejaba en la mesita de noche dinero con el que me compraba un par de zapatos nuevos.
Sin embargo, cuando en la soledad de mi habitación yo cogía lápiz y papel, y pensaba en algo como "ELEFANTE", apretaba el lápiz contra aquella desafiante hoja en blanco… Pero nada ocurría.
Esperaba que la imagen de aquel enorme animal que tanto me impresionó en el circo, se tradujera en pequeñas líneas, en una cadeneta de carboncillo, igual que las que hacían mis tías con hilo de tejer los innumerables pañitos que cubrían mi casa. Y que esa cadeneta, si pasados unos días, volvía a ponerse delante de mis ojos, hiciera volver a mi mente la imagen de aquel enorme elefante.
Pero no sucedía así.
Yo hacia bailar el lápiz por varios papeles dejando a su paso una estela gris. Luego lo guardaba en una lata de "colacao". Escondía la lata debajo de mi cama, junto a la caja de zapatos agujereada con los gusanos de seda. Y dejaba pasar algunos días.
Después sacaba las cuartillas y las iba mirando muy fijamente una a una. Pero… sólo volvía a ver, manzanas, hogazas, diábolos, y otros dibujos que formaban un bodegón que no me decía nada.
Decepcionada corría a la cocina y se lo enseñaba a mi madre, que secándose las manos en el delantal recitaba pacientemente: "elefante". "muñeca", "caballo" y hasta "virgen María", porque en mi desesperación, incluso invocaba Ayuda divina.
Te preguntarás como llegué a superar los cursos escolares, hasta llegar a ser universitaria. Supongo que de la misma forma que otros: fingiendo, con mucha profesionalidad, que sabía hacer las cosas que me exigían. Ya sabes que, en este mundo, es más importante saber demostrar que sabes algo, que hacerlo.
Pero de todos modos, José Carlos, tú merecías saber mi secreto. Por que allá en Medellín te embargará la nostalgia, y querrás saber de los que quedamos aquí. O quizás, sólo porque este secreto se me hacía ya tan grande, que necesitaba que saliera fuera de mí.
No sé de donde me viene esta incapacidad. Quizás sea un accidente en el parto, o algo congénito. Puede que me ocurra como a mi abuela paterna. ¿La recuerdas?. Solía pasar con nosotros largas temporadas. Siempre quejosa y molesta por la falta de atención que decía recibir. Protestaba, entre mohines, de su artritis reumática y de su imposibilidad para articular los dedos de las manos. Parece que estoy viéndola, vestida de negro, sentada en la butaca de rejilla del cierre, llorándole a mi padre.
-¿Ves esto que hace todo el mundo?.- decía abriendo y cerrando la mano con fuerza.- pues yo no puedo hacerlo.
Y mientras mas quería convencerla mi padre, de que ya lo estaba haciendo, más empeño ponía mi abuela en abrir y cerrar la mano para demostrar su incapacidad. Tanto que mi padre, terminó por convencerse, y a pesar de las protestas de mamá, la llevó a un médico amigo suyo, para que le recetara algo.
Y yo, querido José Carlos, al igual que mi abuela, te pongo estas líneas que salen de mí, sin obedecer a ninguna orden de mi mente. Sólo para confesarte que no sé leer ni escribir. Que únicamente abro mi corazón y dejo deslizarse este artilugio endiablado que va soltando ríos de tinta. Pero, no me reconozco en esta ensalada de redondeles afrutadas, las cuales estoy segura que podrás descifrar.
Y así perdonarás y comprenderás por que no has recibido hasta ahora noticias mías.
Rosa García Perea