Palabras Descalzas
Revista de Literatura
Revista Mensual
Loreto Mora Jimenez

 


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EL PARTERRE

       Picoteaba el suelo a su albedrío, indiferente al ir y venir de las gentes que a primera hora de la mañana acostumbramos a tomar diariamente la amplia avenida en dirección a nuestras obligaciones. La percepción de mi cercanía la puso en alerta, huyendo con decisión, con pasos cortos. Continué apurando, parsimoniosamente, las baldosas que me separaban de ella. Cuando alcancé su altura, decidió alzar el vuelo con aires majestuosos para posarse en la baranda de hierro que protege uno de los parterres que embellecen la zona. Me detuve a su altura, en tanto, sus ojillos avizores detectaban mi presencia cercana. Inopinadamente, mi mano se posó sobre su gris plumaje. Se dejó hacer para mi sorpresa. La mañana arrancaba silenciosa, fría, esbozando un lento desperezo sobre los tejados de los edificios cercanos. El rocío caído durante la noche brillaba como pequeños detritus de cristal sobre la hierba de los plantíos. Su actitud me provocó una leve sonrisa. Pude advertir, a través de su bello plumaje, cómo temblaba. Aquel momento mágico me nutrió de tal manera, que las escasas energías que llevaba cargadas, se recuperaron increíblemente. Las gentes iban y venían en dirección hacia sus quehaceres cotidianos; el fragor del tráfico rompía el equilibrio. El día continuaba ascendiendo en su intento de completar el recorrido trazado.

       Retiré la mano. Una brisa densa, impregnada de libertad, me azotó el rostro cuando levantó el vuelo para dirigirse hacia el interior del pequeño jardín; seguidamente, empezó a picotear la hierba mojada. Continué mi camino; pero me volví a mirarla de a poco. Ignorando el afán de hallar algo para alimentarse, había aprovechado mi alejamiento para posarse nuevamente sobre la baranda de hierro. Me miraba con arrogancia. La hallé espléndida. Hermosa. Sus alas ejecutaron un movimiento intencionado de retomar el vuelo; mas, sólo se trató de un simple guiño. Quizá, con dicho detalle, me enviaba un hasta mañana, un hasta pronto o un hasta nuca. Jamás lo sabré. Un rayo de sol impactó en mi rostro. El astro rey había salvado la altitud del edificio que lo ocultaba impidiéndole expandirse arbitrariamente. Mis ojos parpadearon, incómodos. Mañana, cuando nuevamente reemprenda el camino, quizá me detenga un instante e intente reconocerla entre el grupo que habita en las copas de los árboles, cuyo inquilinato las han convertido en personajes identificativos, símbolos imprescindibles de la ciudad, además de otorgarle un poco de la personalidad perdida, especialmente, a una zona, que años ha, gozó de una belleza decimonónica como la de exhibir un bulevar por el que se paseaba la cren de la cren sevillana, o bien a pie, o en espléndidos coche de caballos dirigidos por aurigas eclécticamente uniformados.
No será fácil, pero lo intentaré, no pierdo nada, de algún modo me ayudará a superar el desinterés que supone ir cada día a encerrarme ocho horas de inutilidad absoluta entre unas paredes desangeladas y falta de incentivos laborales.
Por los hermosos minutos ofrecidos, le sonreí agradecida. 

Sevilla, Enero 2.008                                        LORETO MORA JIMÉNEZ



Octubre 2008
ISNN 1989-0265