La espalda de Jano, de Jacob Lorenzo
Algaida, Madrid, 2008, 72 págs.
Juan Carlos de Lara
Conocí a Jacob Lorenzo en un recital de poesía que Luis Alberto de Cuenca y Manuel Lara Cantizani dieron en la biblioteca del Instituto "La Rábida" de Huelva en mayo de 2007, recital que se ha reproducido este año en el mismo escenario. A la reconfortante sombra de estos dos poetas de renombre, a los que él ponía el acompañamiento musical, en ambos casos Jacob saltó como espontáneo a la rueda poética y emergió ante todos nosotros, los espectadores, con una voz firme y decididamente personal. Luego, en las agradables horas pasadas con ellos en el patio emparrado de los hermanos Macías, nuestros amigos comunes, tuve la oportunidad de conversar sobre lo humano y lo divino de algunas obras literarias con Jacob Lorenzo y supe entonces que, además de un gran sentido del humor, tenía un libro de poemas al borde mismo de la aparición, como consecuencia de haber obtenido el XXVI Premio de Poesía "Ciudad de Badajoz".
Hoy, algunos meses después, ese libro se encuentra entre mis manos, revestido del cuidadoso diseño con el que la Editorial Algaida dota a su colección de poesía. La espalda de Jano, título con el que son agrupados treinta y cinco poemas de elaborada factura, no es, sin embargo, la primera obra de este autor egabrense, que a sus veintitantos años ya ha publicado Las hojas del laberinto (Espiral, 2004) y Linterna de luciérnagas (Bajo Cero, 2005).
Pero, ¿por qué La espalda de Jano? El mismo poeta nos lo explica: "Jano tiene dos caras, una por delante y otra por detrás, por lo que es imposible despedirse de él". Y en otro momento, cuando define su obra como "un libro de despedidas que nunca terminan de concretarse". No sé verdaderamente si Jacob Lorenzo en su vida real o literaria puede "haber llevado entre los dientes una bandera de adioses", utilizando aquí el verso de su admirado Roberto Juarroz, pero si a sus dos caras le sumamos el hecho de que Jano es también el dios de los buenos finales, es natural que las despedidas se desvanezcan en su presencia. El dios Jano preserva a Jacob de los adioses, sí, pero si su protección se extiende igualmente hacia aquéllos que desean variar el orden de las cosas, en estas plazas Jacob Lorenzo se queda a la interperie, porque su libro está meridianamente organizado y es capaz de dividir su mundo poético en tres regiones bien delimitadas: Oriente, Occidente y Tierra de nadie.
Oriente de bambú, de jarrones sin dinastía, de té, de arroz, de sake. Oriente de dolores y de ausencias que saltan como un flash a pinceladas sueltas, a destellos entrecortados, a tinta china, a noches estrelladas de Van Gogh, a endecasílabos blancos, a haikus rotundos. Oriente que Jacob inventa o crea en mitad de sus propias contradicciones y en medio de un iceberg ardiendo o de una lluvia de sed.
Occidente de dioses clásicos, de humorísticas metáforas de lo absurdo, del laurel tramposo en el que se convierte la poesía de Jacob Lorenzo cuando uno intenta alcanzarla y poseerla, como Apolo a Dafne. Occidente de esos mitos necesarios de los que hablaba Luis Alberto de Cuenca en 1976, mitos que tratan de suprimir lo particular para absorberlo en una narración sobrehumana, pero que el poeta consigue personalizar y desacralizar con su ironía escéptica.
Tierra de nadie de playas y acantilados, de sal y gaviotas, de mares alejandrinos. Tierra de nadie que, de no equivocarme, es la del propio Jacob Lorenzo, que en estas páginas finales derrite el mito y sueña las cenizas suyas, y se abandona a sí mismo como a un libro viejo para recordar sus ausencias y recrearse en sus soledades.
La espalda de Jano no tiene una lectura fácil. Abriéndose paso entre las coordenadas geográficas y mitológicas, las imágenes a ráfagas, lo dicho y lo no dicho, el lector va avanzando y retrocediendo, si no por páginas escondidas, sí por significados ocultos y silencios expresivos que el poeta sabe manejar con destreza. Y aunque hay puntos de contacto con la recia humanidad de Juarroz, en esta obra de Jacob Lorenzo existe, qué duda cabe, mucho de evasión en los espacios y los tiempos, y una buscada y conseguida actitud entre culturalista y esteticista que la volvería casi veneciana si no hubiera navegado hacia otros mundos. "Hago libros de luz en la oscuridad", confiesa el autor en uno de sus versos. Qué afinada poética en sólo siete palabras.
Reseña elaborada por Juan Carlos de Lara Ródenas